¡No os toquéis! Riesgos y consecuencias del distanciamiento social

Ésta pretende ser una reflexión sobre ciertos puntos “ciegos” que anhelo sean tratados y visibilizados en relación a la crisis del Covid-19 que estamos viviendo.

Antes de nada, quiero expresar mi pésame en lo que considero es ya un duelo colectivo por los miles de muertos a nivel mundial debidos a esta pandemia. Un sincero reconocimiento a todxs ellxs así como a sus familiares y amigxs.

La intención de este escrito no es criticar el cómo se está gestionando la pandemia del Covid-19, sino ampliar la mirada para ser conscientes de hacia dónde nos estamos dirigiendo y los riesgos que ello implica. Claro está que para evitar el contagio del virus, lo más efectivo es evitar las vías de contagio, es decir evitar el contacto entre personas, llamado oficialmente “distanciamiento social”.

Si leemos las fases de desescalada, así como si nos fijamos en las nuevas normativas que se están elaborando para escuelas, empresas, transportes, eventos,… en todas ellas hay un mismo y único denominador común: El distanciamiento social. Dicho de forma clara: no estar cerca de otras personas, y mucho menos tocarse con ellas.

La cara visible de esta moneda es muy clara: prevenir el contagio del virus Covid-19; pero… ¿Cuál es la otra cara? ¿Qué precio pagaremos por ello? ¿Cómo será esta “nueva normalidad” de la que se habla?

Los medios de comunicación hacen eco básicamente de dos consecuencias de esta crisis que parecen ser las únicas: las consecuencias sanitarias (consecuencias directas del virus) y las consecuencias económicas (consecuencias indirectas del virus). Me pregunto: ¿Y las consecuencias sociales y personales? No hablo ahora de la pobreza o el desempleo (que ya están siendo una realidad muy alarmante), hablo aquí de las consecuencias en la salud emocional y mental de las personas. Me explico.

Los humanos somos mamíferos y somos seres gregarios; esto es así, es un hecho; no es una teoría ni un constructo social, es una realidad. Mamíferos y gregarios, eso es, dicho en otras palabras, seres de contacto y seres sociales. De contacto, de piel, de roce, ternura, afecto. Hay multitud de estudios que nos hablan de la importancia del contacto físico entre las personas. Y del mismo modo, somos gregarios, es decir, sentimos una necesidad de pertenecer a un grupo (clan, familia, tribu, grupo de amigxs, compañerxs de trabajo, vecinxs,…), de vincularnos y participar de la vida del mismo.

Y ahora se supone que debemos prescindir de ello, de estas necesidades. Prescindir de ello en favor de nuestra salud, para protegernos. Pero, ¿De qué concepto de salud estamos hablando? Sin duda estamos entendiendo salud como una simple “ausencia de enfermedad”; podría teorizar sobre ello y exponer mi concepto de salud, pero no necesito hacerlo porque estoy plenamente de acuerdo con la definición que hace la OMS: “La salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”.

Señores, señoras, más claro no puede estar: ¿Cómo pueden ser beneficiosas para nuestra salud una serie de medidas que atentan contra la propia definición del término? ¿Dónde quedará nuestro bienestar físico, mental y social si debemos vivir en una nueva normalidad marcada por el distanciamiento social?

Y a todo esto… ¿qué pasa con nuestrxs pequeñxs? Allí voy con ello.

Propongo un sencillo experimento: piensa en un parque infantil lleno de niñxs y de familias. Si observas lo que sucede, ¿dónde hay más contacto físico, entre niñxs o entre adultxs? Correcto, así es, hay mucho más contacto físico entre niñxs. Lxs adultos, con todo nuestro sistema del pensamiento y el habla desarrollados, nos gusta mucho relacionarnos desde este canal. En cambio, para lxs niñxs esto es muy diferente: el canal a través del cuál se relacionan, al menos en la primera infancia, es eminentemente corporal. Pasada una primera etapa centrada en el “yo”, lxs niñxs sienten un profundo interés hacia el otrx, y este interés no acostumbra a ser en debatir sobre filosofía, sino más bien en jugar, olerse, explorar el cuerpo del otrx, jugar a personajes, al “pilla-pilla”, a pelota, y un largo etcétera.

Pues bien, si aplicamos en nuestrxs niñxs el distanciamiento social, ¿Qué será de sus necesidades de contacto, tan importantes en su proceso de desarrollo?

Y no sólo eso, sino que corremos el riesgo de que el contacto físico pase a entenderse como algo negativo para nuestrxs niñxs. Me explico a continuación.

Las personas adultas tenemos desarrollada la parte racional que nos permite entender el motivo de las cosas, y acatar normas sociales que (con mayor o menor éxito) permiten que funcione la sociedad actual. Así, por ejemplo, hemos aprendido que si estoy en el supermercado y tengo hambre, no puedo coger un plátano y comérmelo; debo antes pasar por caja y pagarlo, y después me lo puedo comer. Si me lo como dentro del súper, me estoy saltando la normativa y obviamente me van a llamar la atención, pero no hay nada de malo en mi necesidad de hambre y mis ganas de comerme el plátano. Pues bien, a un niñx le es mucho más difícil de entender esto (más difícil cuanto más pequeñx es); básicamente porque su parte racional está mucho menos desarrollada y funciona en base al instinto y las necesidades primarias.

Te invito a pensar en tu reacción si ves que un niñx está a punto de meter los dedos en un enchufe. Fácil, verdad? La gran mayoría reaccionaríamos con un “Nooo!” que seguramente salvaría al niñx de electrocutarse. Si el niñx es ya un poco mayor, le explicaríamos el peligro de lo que iba a hacer, qué es la electricidad y cómo funciona, etc. Pero si el niñx es pequeñx, nada va a entender de nuestra explicación, y seguramente acabaremos en alguna explicación básica del estilo “esto no” o “aquí no, aquí pupa”. En este caso, conseguiríamos nuestro objetivo, que es proteger al niñx de que pueda electrocutarse en un futuro.

Vamos a volver a lo que nos ocupa, el distanciamiento social. Bien, pues ¿Cómo explicarles a lxs niñxs que ahora, por su bien, no se toquen entre ellxs? Creo que estamos a punto de dar un gran paso atrás. Hace años (y por desgracia todavía hoy en algunos sistemas educativos) cuando un niñx sentía curiosidad por sus genitales, a menudo era regañado con una frase del estilo “eso no se toca, es sucio”, haciendo internamente una fácil y lógica asociación de ideas: “no debo tocarme ahí porque eso es malo”. Ésto tiene consecuencias más graves de lo que imaginamos, y puede afectar a la vivencia de nuestra sexualidad adulta. Deshacer tal idea introyectada nos llevará un buen tiempo de psicoterapia, como mínimo.

Introyectar es cuando acatamos una idea sin cuestionarla; simplemente la tomamos como cierta, normalmente porque nos la dice alguien en quién confiamos.

Imaginemos, entonces, qué va a suceder con la normativa del distanciamiento social. Muchxs niñxs van a introyectar la idea de que no deben tocarse con otrxs niñxs, de que tocarse es peligroso, que es malo. Y ésto no sólo afectará a lxs más peques, sino a toda la sociedad.

Pongamos atención, porque estamos corriendo el riesgo de que las futuras generaciones crezcan con la idea de que el contacto entre personas es malo! Que es algo peligroso! ¿Tendremos que atender en un futuro a personas en terapia para recuperar la confianza en el contacto? ¿Qué consecuancias tendrá en nuestra salud mental y emocional pasar a ver al otrx (vecinx, amigx,…) como una posible fuente de infección de la que protegerme? ¿Estamos entrando en una nueva moralidad que va a condenar y señalar las muestras de contacto y afecto entre personas?

Muy peligroso me parece a mí seguir ignorando cuestiones como estas. Está claro que el reto es difícil, y sinceramente no tengo receta ni solución. Pero dar la espalda a ésta y otras cuestiones se me antoja como la peor opción.

Espero que este texto te haya servido para ampliar la mirada y que, juntxs, sepamos encontrar caminos para superar esta crisis sin renunciar a nuestra humanidad.

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